Existen unas frases que, aunque se pronuncien con sinceridad, tienen un cierto aroma a excusas, a mentiras.
Basta que se den las circunstancias, el entorno adecuado, para que las más puras de las verdades suenen a mentiras podridas.
Es suficiente imaginar a un estudiante que olvidó en casa —en el último día de plazo— el trabajo a presentar, jurándole y perjurándole al maestro que sí que lo hizo pero lo olvidó.
A continuación otros ejemplos:
Se me perdió tu teléfono.
Veo si tengo correo y me desconecto.
Sí, el coche es mío.
¡Qué casualidad!… estaba pensando en ti.
Sólo somos amigos.
Se cayó solo y se rompió.
Mañana empiezo.
¡Pero si yo esta vez estudié!
¡Me gustaste desde la primera vez que te vi!
Te llamo en 5 minutos ¿de acuerdo?
Ven más tarde porque ahora voy a salir.
Aún no he cobrado.
¡Qué bien te queda el vestido!
Sí, choqué… pero la culpa la tuvo el otro.
Borracho, borracho nunca estuve… solo un poco contentillo…
No, no tengo teléfono… pero dame el tuyo que yo te llamo.
Te juro que nunca lo pensé.
Autor/es: desconocido/s
Fecha de la 1ª publicación: 27/02/2005










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