Existen unas frases que, aunque se pronuncien con sinceridad, tienen un cierto aroma a excusas, a mentiras.

Basta que se den las circunstancias, el entorno adecuado, para que la más pura de las verdades suene a mentira podrida.

Es suficiente imaginar a un estudiante que olvidó en casa —en el último día de plazo— el trabajo a presentar, jurándole y perjurándole al maestro que sí que lo hizo pero lo olvidó.

A continuación otros ejemplos:

Este año sí me pongo a estudiar.
No te va a doler.
Un par más y nos vamos.
Estaba a punto de llamarte.
¿Yo?… ¿Con esa?… ¡NUNCA!
El profe me tiene manía.
¿Yo te debo?… ni me acordaba.
Es culpa del árbitro.
Te estuve llamando, pero daba ocupado.
Me voy al cine sola.
En cinco minutos estoy con Uds.
Le aseguro que pasé en ámbar.
Paga tú, que mañana te lo devuelvo.
Te lo juro por mi madre que te lo mandé.
No, no, yo te llamo.
Ayer estaba enfermo.
No pude ir porque me robaron.

Autor/es: desconocido/os

Fecha de la 1ª publicación: 27/02/2005


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