Existen unas frases que, aunque se pronuncien con sinceridad, tienen un cierto aroma a excusas, a mentiras.

Basta que se den las circunstancias, el entorno adecuado, para que las más puras de las verdades suenen a mentiras podridas.

Es suficiente imaginar a un estudiante que olvidó en casa —en el último día de plazo— el trabajo a presentar, jurándole y perjurándole al maestro que sí que lo hizo pero lo olvidó.

A continuación otros ejemplos:

Por favor…. yo soy una persona decente.
Llego tarde porque estuve en la biblioteca.
Mis ojos están irritados porque estoy resfriado.
¡Oh…! No me di cuenta.
Mañana te traigo tus cosas.
Te debo tu regalo.
Dame tiempo…
Cuando me case nunca más voy a mirar a otra.
Estaba haciendo zapping y lo vi.
Te juro que no quise decir eso.
¡Claro que el cheque tiene fondos!
Te juro que no se lo voy a contar a nadie.
El lunes empiezo la dieta.
Sí, salí con él, pero no pasó nada.
Préstamelo y mañana te lo devuelvo.
Tienes los ojos más lindos que vi en mi vida.
Haré lo que tú digas.
Jamás te olvidaré.

Autor/es: desconocido/s

Fecha de la 1ª publicación: 27/02/2005


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